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EL CONTRABANDO DESDE GIBRALTAR EN EL S.XIX (II)

EL CONTRABANDO DESDE GIBRALTAR EN EL S.XIX (II)

agosto 17, 2016 1:56 pm by: Categoría: Gibraltar Comentarios desactivados en EL CONTRABANDO DESDE GIBRALTAR EN EL S.XIX (II) A+ / A-

Contrabando tolerado en ambos lados de la frontera con Gibraltar.

Segunda entrega de la serie de artículos publicados en Europa Sur que nos acerca la historia de del contrabando en el Peñón, tolerado a ambos lados de la frontera. Una actividad ilícita que desde bien temprano dañó enormemente al comercio de la zona y que en la actualidad sigue mermando las arcas públicas y perjudicando a consumidores y comerciantes.  

AGOSTO, EUROPA SUR

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El comercio ilegal que Gibraltar efectuaba con España y que tan lesivo era para la economía del país, siguió incrementándose hasta mediados del siglo XIX. En 1844, R. Murray reconoce que las exportaciones de la Gran Bretaña a la Roca habían alcanzado el millón de libras esterlinas, de las que tres cuartas partes pasaban a la Península. Pitt Rivers, viajero que conocía muy bien las sierras andaluzas, declaraba que Gibraltar provocaba una verdadera invasión de productos en Andalucía, ya fuera por tierra, siguiendo la ruta hacia Ronda, o a través del mar, mediante buques que se dedicaban a la introducción de mercancías por muchos lugares de las costas del Estrecho y de Levante.

Sin embargo, desde mediados de siglo el comercio fraudulento que mantenía la colonia de Gibraltar con España comenzó a decrecer. Una vez que Bravo Murillo fue nombrado Ministro de Hacienda, se aprobó una reforma arancelaria mediante Real Orden de 5 de octubre de 1849, cuyo objetivo era la protección de la industria nacional. Las medidas tomadas supusieron establecer algunas restricciones a la libre entrada de algodón inglés en España. A la subida de aranceles vino a unirse la presión ejercida por las autoridades de la metrópoli sobre la colonia con el fin de evitar o, al menos, hacer disminuir el comercio ilegal.

En la segunda mitad del siglo, las medidas librecambistas que, alternativamente con las fases de política proteccionista, se fueron aprobando, también tuvieron unas consecuencias negativas para el contrabando, ya que hacían poco rentable el comercio ilícito: resultaba muy complicado y costoso burlar la vigilancia de las costas y fronteras cuando se podía encontrar en España la misma mercancía a un precio similar. No obstante, el comercio fraudulento entre Gibraltar y los territorios vecinos no desapareció, aunque pasara por algunos momentos de decadencia. La constante entrada y salida de viajeros que se detecta, en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, entre los puertos de Algeciras y Gibraltar, no tenía otra finalidad que la realización de un contrabando de poca monta cuyos efectos se multiplicaban por el enorme número de personas que participaba de él. En ese período fue ésta la manera más habitual de introducir mercancías fraudulentas en la comarca.

A propósito de este tipo de comercio «al por menor» realizado por personas particulares que viajaban a bordo de los vapores que unían Gibraltar con Algeciras, el ingeniero Ruiz de Azúa dice en 1895: «Es preciso permanecer unos días en Algeciras para poderse formar idea del incesante movimiento de viajeros y mercancías que existe entre esta ciudad y Gibraltar. Puede afirmarse sin vacilación que las cuatro quintas partes de los artículos de toda especie que se consumen en Algeciras proceden de Gibraltar. Como el trayecto es tan corto, pues los vapores tardan 45 minutos en recorrer el espacio comprendido entre ambas poblaciones, puede considerarse el peñón de Gibraltar como una especie de depósito bien provisto de toda clase de géneros de todas especies que se consume en toda la zona llamada Campo de Gibraltar que comprende los pueblos de Algeciras, La Línea, San Roque y Los Barrios».

Desde que La Línea se segregó de San Roque en 1870, el Ayuntamiento de la nueva ciudad solicitó reiteradamente al Gobierno de la Nación autorización para poder importar legalmente diversos productos desde el vecino Gibraltar. Así, el 22 de Septiembre de 1880 elevó una petición al Ministerio de Hacienda solicitando que habilitara a la ciudad para poder importar artículos coloniales y tejidos de Gibraltar. Siete años más tarde vuelve a solicitar autorización para la introducción de alcoholes extranjeros, té y patatas. Pero, a pesar de la existencia del comercio legal, el contrabando continuaba siendo una de las actividades más lucrativas a la que se dedicaba un buen número de ciudadanos de Algeciras y de La Línea. Al mismo tiempo que el Cabildo linense solicitaba autorización para importar legalmente productos desde Gibraltar, el Ministerio de Gobernación emitió un Real Decreto otorgando atribuciones especiales al Comandante General del Campo de Gibraltar en temas de contrabando.

Entre otras cosas ordenaba la intensificación de la vigilancia sobre los vecinos que entraban cada día en la colonia para trabajar en su puerto y la creación, en La Línea, de una Inspección Especial de Orden Público para la vigilancia y represión del contrabando. Los esfuerzos de la Administración para atajar la actividad fraudulenta colisionaban con la realidad de una zona de economía deprimida cuyos habitantes recurrían al contrabando como una forma de supervivencia y frente al cual las autoridades locales mantenían una actitud pasiva, cuando no de evidente colaboración con el fenómeno que, en teoría, debían perseguir.

A principios del siglo XX, con la intensificación de los viajes por medio de vapores entre Algeciras y Gibraltar, fue creciendo ese tipo de contrabando que llegó a denominarse «de hormigas» porque era realizado por numerosos matuteros y matuteras que portaban pequeñas cantidades de género en cada viaje. El misionero escocés Alexander Stewart, que viajo desde Gibraltar hasta Algeciras en 1912 en uno de los barcos de la Compañía de Vapores del Sur de España, nos dejó esta reveladora descripción de este tipo de contrabando: «Durante los treinta y cinco minutos que tarda la travesía, se podía contemplar a estos hombres y mujeres afanosamente ocupados en repartir, escondiéndolos por todo el cuerpo, artículos y paquetes de tabaco, usando para ellos, además de los bolsillos secretos, los lugares más inverosímiles, tales como las botas, las gorras, los sombreros; y las mujeres, incluso las medias, los pañuelos y las mantillas”.

En el momento de tocar el puerto de Algeciras, algunas mujeres, con sus cuerpos más voluminosos de lo presumible, se notaban tan pesadas que muy dificultosamente podían descender por las escalerillas del vapor».

«Esperando la llegada del barco había en el muelle de Algeciras, que por aquel entonces era de madera, un grupo de oficiales, policías, carabineros, así como otros funcionarios cuyo especial deber era prevenir el contrabando. Tan pronto como el vapor tocó el malecón y apenas los de la segunda clase se disponían a desembarcar, cuando a bordo unos suboficiales se aduanas, los cuales vestían uniformes de marino con paramentos rojos y sables colgando de sus costados, rápidamente descendieron al departamento de proa, donde ya los contrabandistas estaban esperándolos con varios de sus artículos preparados como obsequios».

«Los oficiales escondieron aceleradamente cuanto pudieron en sus zamarras, gorras y otras partes del uniforme. Cuando se hubieron cargado de todo cuanto podían convenientemente llevar, dejaron a los matuteros bajar con el resto del contrabando».

Antonio Torremocha. Doctor en Historia Medieval. Académico de número de la Academia Andaluza. Director del Museo de Algeciras (1995-2007)

 

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